viernes, 18 de diciembre de 2009

Matilda.

No me di cuenta que tenía sus jóvenes dientes en mis manos hasta que sentí la húmedad de la pegajosa sangre. Me di vuelta hacia donde estaba acostada, mi adorada Matilda. Inconciente del dolor y con la quijada abierta y con apenas unas cuantas piezas dentales que escaparon a mis manos.
La amaba tanto que no quería que esa maldita enfermedad, la cual, había heredado de su padre, hombre de malos génes, me la arrebatara y antes de que eso sucediese la quería tener en mi nuevamente, solo para mi! no queria compartirla con la tierra!, entónces de ese modo, único modo, podia tenerla siempre conmigo y nada malo le podria pasar.

La_ Elvis*